Volviendo a Delhi

Estamos en la recta final del viaje, en el tren, en segunda clase en la que se duerme fenomenal y en la que hemos conocido a unos chicos de Barcelona que han compartido una experiencia en India con nosotros bastante diferente. 

Y en estas y después del día de ayer en el que hicimos cuentas y repaso de lo gastado en compras, no puedo dejar de pensar en cuanto camino me queda por recorrer en la vida para alcanzar ciertas metas, y cuan influenciada estoy por mi ocidentalización, o por la cultura del consumismo si lo queremos llamar así.

Un buen amigo, me regaló una brújula para el viaje acompañada de algunos buenos consejos… Ten los ojos bien abiertos, si algo en algún momento hace que tu instinto se ponga en alerta, hazle caso y vete de esa situación y, ” no pierdas el norte”.

  
El “ten cuidado” ha sido repetido por todas las personas que conozco, con su mejor intención y también con su desconocimiento de este país, porque ahora que lo conozco un poquito me atrevo a decir que es un país muy seguro en el que en muy escasos momentos, por no hablar de sólo uno, he sentido la alerta de mi instinto diciéndome esto no me gusta …. ( y aún así finalmente no ha pasado nada trascendente). 

Creo que tenemos tanto miedo a otras formas de vida, desconocidas, tan diferentes y que desencajan nuestros constructos sociales, que es mejor pensar que tenemos que alejarnos porque son peligrosas y ciertamente lo son, porque tambalean aquello que dabas por bueno y necesario en tu vida y te cuestionan.

Cuando recibí la brújula, pensé en varias maneras de poder “perder el norte” en la India, pero no en la que finalmente ha sido; llevo una maleta nueva entera con pasminas del Norte de India y de la zona de Rajastan, prendas de goretex de Nepal, mármol con incrustaciones de Agra simulando el trabajo del Taj Mahal, especias de Jaipur, una “mala” budista para el sonido del “om” en la meditación, inciensos, bolsos de piel, libros en inglés sobre la historia de los dioses hindúes, el kamasutra, camisas de hilo, pantalones, ticas, un saree, un ajedrez de madera, cremas de ayurveda con agua del Hymalaya… Cada cosa tan especial y única porque es de un sitio concreto, todos “hand made”, cada compra ha sido un ritual, en el que hemos entablado una larga conversación en la tienda hablando de España, de la forma de vida en India, haciéndonos fotos con los vendedores, tomando chai con ellos… ha sido otra maner de adentrarnos en muchas vidas.

  
Pero volviendo a mi “perder el norte” y con mi maleta cargada, pienso que lo más importante que me llevo de aquí, lo llevo en la otra… en la de la vida, y que esta (la de las cosas materiales, por muy especiales que sean) son todas prescindibles, algunas innecesarias, y que mi cultura consumista, aquí ha encontrado su zenit. 

Por un lado con el cambio de moneda y el coste de la vida en India… aquí todo resulta mucho más barato y especial, ya que la particularidad del “hande made” no puede competir con la producción en masa de Zara;  por otro lado, aquí el dinero llega directamente al trabajador, lo que en muchas casos ha sido una razón más para decidirnos en la compra; y además el ritual del regateo es todo un arte, en el que entablas un proceso de lenta negociación, consciente de que lo primero que te piden es más del doble de lo que en realidad quieren conseguir ( salvo algunas cosas en las que de entrada hemos visto un precio justo y hemos pasado de regatear para sorpresa del vendedor; que te pidan por un pantalón 150 rupias y que tengas la vergüenza de regatear ya sería demasiado).

  
Aún con los argumentos de haber pagado directamente al artesano, de haberlo hecho por un precio justo y de haberme llevado el recuerdo de todos aquellos con quienes entablé el ritual de la negociación (casi siempre acompañado de chai); sé que este consumismo desenfrenado en el que con mi capacidad adquisitiva aquí puedo abarcar tres veces más que en España, ha sido aquello en lo que mi brújula ha dado vueltas sin encontrar el norte, porque mi vida quiero llenarla de personas, experiencias, sabores, bailes, sentimientos compartidos, retos que alcanzar,  cosas nuevas que aprender, lugares que visitar, sonrisas, lagrimas, abrazos, amor… No quiero una casa llena de cosas y vacía de experiencias y de personas; quiero una única maleta.

  

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